Rara mitad. Así es como él la llamaba. Se habían conocido diez años antes, en uno de esos caprichos del destino que te hacen sentir un títere. Fue una larga noche de abril, en la puerta del bar de siempre, saturado de la misma gente. Él llevaba una hora rogando a su amigo que se marcharan; a ella la habían sacado a rastras de casa.

Siempre hubo química. Se dieron cuenta en la primera ridícula conversación. Pese a todo, la noche resultó divertida. El sábado que viene estaré por aquí…Vale, nos vemos… Semanas después estaban enganchados.

 

Una droga. Así es como ella lo llamaba. Aquellas conversaciones de madrugada, horas y horas sin nada que decirse y diciéndose todo, contándose la vida en detalles nimios.

Se miraban a los ojos y se desnudaban; se desnudaban y se veían por dentro. El sexo tenía una urgencia hambrienta. No bastaba con sentirse, acariciarse, unirse: necesitaban comerse, beberse el alma del otro hasta vivirla como propia.

 

Jugaban a ir y venir, con la certeza de que los unía un hilo invisible. No importaba que se enredara o estirara hasta sentir la opresión. Al tirar del hilo, el extremo aparecía.

 

Pero aquel día el hilo no respondió. Se miraron sin verse. Tenían mucho que decirse y no se dijeron nada. La puerta se cerró, pero no la oyeron. El sonido fue más fino y punzante: Ras.

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